Noble y leal ciudad

 
 

Historia de Santiago del Estero

 
   

Lic. Guillermo Adolfo Abregú

   
   

La primera ciudad

Habían bajado de lo más alto de las “Indias hechas América”, entrando por Humahuaca hasta el Aconquija. En las faldas de los cerros tucumanos (cerca de la actual Monteros), se asentó la tercera expedición de los españoles que venían del Cuzco, de la Ciudad de los Reyes y Potosí.
Un 29 de junio de 1550, llamaron ciudad del Barco a ese reducido y primer establecimiento poblacional, con el fin de darle una capital a la vasta región de la provincia del Tucumán. Pero al cabo de algunos meses, el capitán fundador, don Juan Núñez de Prado, tuvo que disponer su traslado a los valles calchaquíes (hoy localidad salteña de San Carlos), buscando evitar incorrectos reclamos jurisdiccionales de Chile -que lo habían llevado a una derrota armada frente a los hombres del capitán Villagrán-, y eludiendo el asedio de belicosos juríes y diaguitas.
En 1551, en la nueva ubicación, a su ciudad del Barco le agregó: del Nuevo Maestrazgo de Santiago (en homenaje al Presidente de la Audiencia de Lima, Pedro La Gasca, nacido en la ciudad del Barco de Ávila, y en honor al Apóstol Santiago el Mayor, Patrono de España). Y por similares circunstancias que antes volvió a transportarla, pero esta vez -al decir de Ricardo Rojas- “dejando atrás el país de la montaña, del reino calchaquí, para entrar en el país de la selva”, el de la boscosa llanura santiagueña.
Crónicas imprecisas, pero quizás aproximadas, nos dicen que fueron entre 150 y 200 los primeros llegados a estas tierras, entre soldados, civiles, pocas familias, indios auxiliares y dos sacerdotes. Al comienzo de la gesta, sólo habían sido 84 los hombres que salieron junto a Núñez de Prado.
Ciudad andante la del Barco tercera. Sus itinerantes pobladores traían a cuestas bagajes y enseres para la vida diaria. Los soldados cuidaban de las cargas más pesadas a lomo de mulas y caballos: armas, bastimentos para levantar en primera instancia tiendas de campaña, bolsones con maíz americano, trigo y cebada para hacer el pan, semillas para la siembra del zapallo, porotos y otros productos de la tierra; gallinas en jaulones, vasijas y zurrones de cuero para almacenar agua pura y aceite, a la vez que arreaban un importante número de ganado (yeguas, potros, ovejas y cabras), con destino a las chacras que formarían.
Ya tenían idea y pericia de cómo recomenzar una ciudad.
El lugar elegido para afincarla fue un sitio despejado entre la tupida vegetación, sobre la margen derecha del río del Estero (así se llamaba el río Dulce), estimado entre 1400 metros y 2 kilómetros al sur de la actual capital santiagueña, o probablemente en el ángulo que conforma la avenida Alsina con la calle Independencia. En coordenadas geográficas, como en los dos asentamientos
anteriores, escapaba al territorio que la Audiencia de Lima le concediera a Chile, aunque su gobernador, Pedro de Valdivia, pensaba lo contrario debido a cálculos erróneos (o intencionados), manteniendo el plan de incorporarla a sus dominios.

Entre Prado y Aguirre

Era el mes de julio de 1552. La marcha había sido agotadora, luego de tres años de duras jornadas desde que partieran un 8 de octubre de 1549 de Potosí. El hecho de enclavar allí el rollo de la justicia, pregonando la fundación de la ciudad, el nombre de sus regidores y las recomendaciones a cumplir, sin duda era un importante acontecimiento esperado. Pero, seguramente, la magnitud de la trascendencia histórica que llegaría a tener, no era ni remotamente imaginada en ese instante de la aventura de la conquista del Tucumán, en que Núñez de Prado y su caravana se detenían en medio de la selva virgen, abrumados por la soledad y el misterio de su inmensidad y espesura, metidos en la oquedad inquietante de lo desconocido, y en la profundidad de un silencio sólo roto por el tenue murmullo de un río y los discontinuos sonidos de algunas aves de su entorno silvestre.
Las primeras semanas, parecía un vivac de campaña, mientras se construían pocas y pequeñas casas de adobe que rodeaban el sitio delimitado como plaza (en rigor, un cuadrángulo de campo raso), el que sólo contaba con la sombra de algunos algarrobos.
Así, la aldea con título y cometido de ciudad capital del Tucumán, comenzaba a asentarse frente a un río manso, pero de infalibles crecientes que la obligarían a retroceder un poco en más de una oportunidad, para evitar que las aguas la destruyesen.
Al poco tiempo, ya se destacaba el modesto cabildo que también era de adobe, con techo de paja y tierra apisonada que se extendía a un costado hasta formar una rústica galería con soportes de quebracho.
Un fuerte con maderas y palos informes que albergaba a la soldadesca española, y una “iglesita” (una ermita que al comienzo fuera de enramada) a la que concurrían todas las tardes los vecinos, se levantaban a poca distancia de una tupida vegetación que se mostraba de fondo a la naciente ciudad, que cobijaba los sueños y esperanzas de sus primeros pobladores.
Aunque no se pueda hablar de delimitaciones ni manzaneos documentados, puede inferirse que entre las primeras disposiciones se distribuyeron los dominios para solares y chacras. Así se hacía en aquella época y a partir de ello se producía y se pagaban tributos a la corona.
Testigos que allí estuvieron permiten significar que al nuevo asentamiento le precedía una concepción ya formada de ciudad, tal la referencia de don Díaz Caballero sobre la segunda ciudad del Barco: “Prado mudó la ciudad... y la puso como él la tenía antes”. Por otra parte, su fundador venía de ser alcalde de minas de la Villa Imperial de Potosí, habiendo tenido a su cargo la medición y reparto de posesiones, como injerencia en el diseño y ubicación de calles y solares, cuando principiaba en la ciudad del metalífero cerro, la construcción de los templos de San Francisco, Santa Bárbara y San Lorenzo, allá por 1548.
Al paso de unos meses, las huertas contaban con diversos cultivos, higueras y parrales. Más atrás, se abrían irregulares hoyos para mayores labranzas, hechos con “palos puntiagudos” pues aún no se empleaba el arado tirado por bueyes, y despuntaban los trigales con sus cristalinas espigas meciéndose en la monotonía de esos días. Y sin mayores demoras, con la ayuda de los aborígenes que eran diestros en crear sistemas de irrigación, comenzaron a cavarse las primeras acequias para llevar agua del río a los sembradíos.
De ese modo comenzó a formarse la ciudad de Núñez de Prado, hasta la llegada desde Chile del capitán Francisco de Aguirre, que en febrero de 1553, en ausencia de aquél, irrumpió ante los cabildantes proclamándose teniente de gobernador por mandato de Pedro de Valdivia.
La historia que siguió es la que aún hoy se discute. No obstante el dictamen de la Academia Nacional de la Historia a favor de Aguirre, ciertas preguntas siguen latentes: ¿La fecha fundacional de la capital santiagueña, debe ser la que corresponde a la ciudad del Barco, o a la mudanza o fundación efectuada por Aguirre el 25 de julio de 1553 (de acuerdo a lo que se desprende de actas capitulares), llamando al nuevo asentamiento Santiago del Estero? ¿Ó 23, ó 24 de diciembre de ese mismo año, como también llegó a sostenerse, a partir de una probanza que da cuenta que Aguirre partió a Chile el 23 de marzo de 1554, “a dos o tres meses de haber poblado la ciudad”?
Nuestro propósito no es detenernos en esto, sino aproximarnos a lo que fue una y otra ciudad que, en definitiva, se encontraban en un mismo ámbito geográfico y circunstancial.
Aunque se habló de “mudanza”, la ciudad de Aguirre tuvo nueva entidad jurídica, nuevas autoridades, nuevas construcciones y, obviamente, nuevo sitio. Los testimonios más verosímiles, aseguran que estuvo enclavada en el corazón del Parque Aguirre, extendiéndose hacia el río Dulce, más allá de la actual avenida costanera, y recostándose hacia el oeste sobre la prolongación de la calle Urquiza.

Los primeros tiempos

Se le llamó “pueblo viejo” a lo que quedaba de la ciudad del Barco. Con el tiempo, efectivamente, el río había ganado y desmoronado gran parte de ella, tal como lo previó Aguirre al argumentar su traslado temiendo inundaciones y buscando un lugar más apropiado para darle acequias a la ciudad. Pero aún quedaban allí algunas quintas y chacras cercanas al pueblo nuevo que “vinieron a servirlo”.
Muy pequeño era Santiago. Parecía un paraje en ese tiempo, pero poco a poco se construían sus casas, más bien ranchos pajizos, que se agrupaban alrededor o cerca de la plaza y el cabildo, no sólo para hacer un centro poblacional, sino también -al decir de Fray Euduxio de Jesús Palacio- “como una manera de prevenirse mejor ante el peligro de temibles ataques, tanto de irreductibles aborígenes como de fieras salvajes que merodeaban los bosques circundantes”.
Las construcciones no eran mejores que otrora las del Barco. También en Santiago, al igual que en el “pueblo viejo”, las modestas moradas no eran seguras. Carecían de cimientos y gran parte de ellas estaban hechas con horcones, quinchas, tierra arenisca y techos de paja y barro, poniendo en riesgo su estabilidad ante fuertes tormentas.
Igual que antes, y como era costumbre en cada fundación o traslado, se implementarían las disposiciones para dividir y empadronar la tierra a repartir entre soldados, pobladores y encomenderos.
“Tierra de promisión” la llamó su fundador al abrir acequias y comprobar la fertilidad de su suelo, contemplando las blancas extensiones de algodón y las abundantes cosechas que hacían presagiar un futuro venturoso.
Sin embargo, vendrían tiempos muy duros que afrontar. La conquista misma del Tucumán encerraba un drama agresivo y sangriento, que envolvía a conquistadores contra conquistadores, y a éstos en frecuentes luchas contra irreductibles guerreros aborígenes. Tiempos en los cuales el desafío de la colonización se confundía con la lucha por la supervivencia.
Santiago no estuvo exenta de la miseria y la amenaza de despoblarse, no bien Aguirre partiera a Chile ante la probabilidad de gobernarlo, tras la muerte de Valdivia en combate con los araucanos.
Entrado el otoño de 1554, la vida diaria de la población se tornaba insostenible, a causa de los constantes ataques de los indios, día y noche. Asediada y sitiada por juríes y calchaquíes, todo comenzaba a faltar. No había siembra ni cosecha. Las provisiones se habían terminado. Nada se podía esperar de afuera. El aislamiento se hacía sentir cada vez más y extremas eran las necesidades. Según testimonios de entonces, los pobladores llegaron a “vestir cueros de animales y alimentarse con hierbas, raíces, cardones y hasta cigarras y langostas”.
Luego de estar una década en Chile, al propio Aguirre le costaría más de un año su marcha de regreso (con provisiones, simientes para el cultivo y ganado vacuno de sus haciendas de Coquimbo y Copiapó) por las luchas que debió entablar con los juríes y calchaquíes que los enfrentaban. Feroces combates donde perdió la vida su hijo Valeriano.
Sin embargo, Santiago del Estero resistiría, y su fundador (más allá de las discusiones historiográficas de nuestro tiempo sobre sus merecimientos, deméritos o fechas fundacionales en cuestión), daría pruebas de temple, voluntad y capacidad para socorrerla, defenderla, mantenerla en pie y convertirla en “madre de ciudades”.
Superadas las penurias y atenuadas las hostilidades con los indios, merced a las acciones y estrategias de Francisco de Aguirre, dominando rebeliones y venciendo resistencias “para limpiar los caminos de tránsito al Perú”, Santiago pudo afirmarse como cabecera y centro irradiador de nuevas poblaciones y ciudades, para la interrelación, la producción y el crecimiento de las colonias.
Contrastando con la observación del arquitecto Roberto Delgado acerca de que el primer plano elaborado y conocido de la ciudad de Santiago del Estero surge con el gobierno de Absalón Rojas (1886-1889) y por lo tanto no se puede concluir con certeza sobre cómo fue la distribución de la misma en sus comienzos, no han faltado estimaciones deductivas, como las de fray Palacio, a partir del hallazgo de trazados de ciudades fundadas por Santiago, como La Rioja que tenía 20 manzanas de ejido, razón por la cual estimaba que la capital del Tucumán debió ser más grande que otras poblaciones de aquel momento.
En tal sentido, sugería que en sus tres primeros años, Santiago pudo haber tenido aproximadamente 80 manzanas (entre las pobladas y para repartir), cada una dividida en cuatro solares, las que se extendían en un radio de 700 metros, desde la plaza a la periferia de las chacras. Otros investigadores, coinciden en señalar que las principales construcciones se hallaban cercanas al río y las chacras se extendían a lo largo de la acequia real (hoy avenida Belgrano).
No hay datos precisos sobre el número de viviendas que pudieron haber, pero según razonados puntos de vista, al promediar 1554 serían alrededor de 50 las modestas moradas de Santiago, además del cabildo, el fuerte, un hospital en el que se atendía por igual a indios y españoles -tal cual lo afirma Vicente Oddo-, algunas otras dependencias reales y una humilde iglesita de adobe, que en 1557 sería reemplazada por la de San Francisco y por otros conventos que irían instalándose, como los de las órdenes mercedaria y dominica.
Debió pasar algún tiempo para que la pequeña aldea creciera un poco más. Mientras tanto, los habitantes del poblado transcurrían sus días consagrándose a cultivar la tierra, a organizarse como comunidad, a crear las condiciones propicias para el progreso colonizador.
El sistema de trabajo y de recompensas era el de las encomiendas, consistente en repartir la tierra por derecho de conquista entre jefes, oficiales y otros elegidos entre soldados y civiles, para heredarla, cultivarla y entregar a la corona una tasa de servicio en relación a la cantidad de producción. Esta especie -que sin duda representó uno de los puntos más discutidos y efervescentes de la conquista de América, tanto por ambiciones desmesuradas que no faltaron, como por rebeliones al sometimiento de los nativos en algunas colonias españolas, como se dio en México y el Perú-, importaba concesión de derechos a los conquistadores sobre las tierras y sobre los indios que se avenían a tal régimen cambiando trabajo por alimentos, educación en la religión cristiana, cuidado de sus ancianos y enfermos, siendo eximidos de todo tributo en su situación de vida y de trabajo, o recibiendo algún ganado o parte de lo que producían. Sistema que imperó por muchos años hasta que se establecieron medidas más equitativas para el trabajo y la condición social de los indios y el freno a las encomiendas que eran hereditarias por generaciones.
En su libro “Noble y Leal Ciudad”, Orestes Di Lullo nos dice que “en 1586, la capital del Tucumán servía y era servida por 48 encomenderos y 12.000 indios”. Seguramente, esta cifra no tendría significativa variante con respecto a los primeros años de Santiago.

La vida diaria

El desafío era grande, duras las tareas, y todo en medio de un tiempo turbulento, de intrincadas situaciones propias del proceso en gestación. “Es cierto que hubo sangre y lágrimas en la conquista del Tucumán -nos dice Lucía Gálvez de Tiscornia-, pero también hubo sol serrano, olor de yuyos, risas de los mestizos, parloteo de las indias, agua de los arroyos, y algo debía haber para que los españoles se quedaran, y ya sabemos que no era ni oro ni plata”. El propio Francisco de Aguirre llegaría a escribirle al Rey de España pidiéndole ayuda y terminaría sus días sumido en la pobreza.
Pasados los peores momentos, la vida diaria en Santiago tenía sus componentes de trabajo, de aprendizaje mutuo de artes y lenguaje entre españoles y nativos y, desde luego, de momentos de entrega a las costumbres y distracciones.
Con el concurso de los indios y las indias que bastante sabían de trabajar en cultivos, hilados y cerámica, en las chacras se realizaban las tareas agrícolas, y además de algunos talleres de alfarería y de elementos de madera para diversos usos, en varios solares se establecieron obrajes textiles de tejidos de lana para sobrecamas, de algodón para prendas de vestir, ponchos, calzados trenzados (alpargatas), sombreros y otras confecciones que se enviaban para su venta a Potosí. En sus artesanías usaban gran variedad de colores que sabían preparar obteniendo los tintes de árboles y frutos. Mas pudo ser -comenta Delgado- que algunas viviendas, o detalles de ellas, fueran pintadas con las tinturas indígenas.
Más adelante, también se empezaría a mandar ganado vacuno que a veces faltaba en el Perú y en Santiago se había acrecentado en pocos años con especial impulso desde los días en que Aguirre dotara desde Chile los primeros y limitados hatos para consumo y reproducción. También había “miel y buena en abundancia, la cual sacaban a Potosí en cueros”, y “el pan era el mejor del mundo”, relataría fray Reginaldo Lizárraga al transitar por el Tucumán, camino del Perú a Chile.
Las costumbres culinarias y alimenticias se confundían en lo habitual de las relaciones entre naturales y colonos. De la caza de liebres, guanacos, tarugas (especie de venado, taruca en quichua), perdices, vizcachas, conejos, quirquinchos, patos, garzas, palomas y otros animales silvestres, y de la pesca de sábalos, dorados y bagres, que realizaban con redes y arpones en el Misky Mayu, los indios cocinaban gustosos guisados a fuego de leña, también el locro resultaba del preparado que hacían de maíz, con carne fresca o secada al sol con sal (charqui) y zapallo. Asimismo, tenían otras formas de aprovechar el maíz, como el aunca o amca (maíz tostado), el mote (hervido), tulpo (harina de maíz) y sopa de maíz molido con sal, y por supuesto la chicha que la guardaban en tinajuelas. La algarroba era para juríes y diaguitas otro de sus principales productos de consumo de la cual hacían patay (pan de esta harina) y elaboraban para beber la fermentada y fortísima aloja. La tuna y los frutos del mistol, el chañar y el piquillín también constituían parte de su alimentación. Quizás no faltaría el tabaco (que se daba en la zona de los sanavirones y comechingones cercana a Córdoba), que se enrollaba o se machacaba para fumarlo en chala.
Los españoles, que solían compartir viandas y recetas con los nativos encomendados, no dejaban de añorar comidas típicas de la península, pero en Santiago del Estero las suplían muy bien con sustanciosos preparados de sus cocineras indias y sabrosos pucheros de gallina, carne vacuna e incluso porcina, al estilo español con tocino saldo, y el suculento añadido de los manjares originarios de la tierra americana: porotos, papas, choclos y zapallo. Y muy probablemente ya se daría en Santiago la batata, la que al conocerse en Europa mereciera el elogio de William Shakespeare. Tampoco faltaban los dulces ni el vino autóctono que se hacía desde que el sacerdote Juan Cidrón -venido de Chile con experiencia sobre el particular- comenzara a elaborarlo con la vid que se producía en las quintas de la capital del Tucumán en 1555.
La actividad en las chacras para nada resultaba poca. Además de las faenas de labranza, diversos eran los productos que se elaboraban, entre ellos jabón y velas de sebo, cuya pasta se hacía en grandes ollas de fierro, del mismo modo artesanal que en Europa, pues la fabricación del jabón recién se extendería en Inglaterra en el siglo XVII y su industrialización científica con agregados aromáticos tardaría hasta comienzos de 1800 (recordemos que en Buenos Aires,
la primera jabonería industrial fue la de Vieytes, donde se reunían los principales revolucionarios de Mayo). Los indios, que acostumbraban bañarse en el río con frecuencia (costumbre a la que Hernán Cortéz le llamara en México “el gran vicio americano”), ya obtenían espuma como jabón de la corteza de ciertos árboles como el quillay, o de la raíz de un espino, llamándolo ttacsana roque o sapona-ttakhsaña.
A la pregunta de cómo encenderían el fuego para cocina, calor y lumbre, los indios seguían haciéndolo como antiguamente: raspando la piedra entre hongos y hojas secas, machacando con yesca, y una vez acabada la llama, cubriendo las brasas con ceniza, conservándolas al rescoldo, para volver a encender los leños al día siguiente y así sucesivamente, sin necesidad de prender con yesca nuevamente. Para iguales usos y sus velas de sebo, los españoles lo harían pistoneando pólvora (el fósforo recién se descubriría en 1669).

Cultura y tradición

¡Claro que eran tiempos difíciles, de infortunios y penurias! La tragedia de la intriga y la discordia de los poderes personales entre sucesivos gobernantes (cárcel, torturas, sentencias, muertes, sublevaciones y destierros) y de las encarnizadas luchas con bravíos naturales, imperó por largos años. Sobre esto último, la agresión de los salvajes hizo caer una por una las primeras ciudades fundadas desde Santiago. Hacia 1564, la provincia del Tucumán había quedado reducida a su capital. Sin embargo, hubo también intervalos de calma y nuevas campañas pobladoras merced a la victoria de ciertos caudillos, como en su momento lo logró Aguirre.
Por encima de toda adversidad, Santiago comenzaba a marcar sus primeros rasgos de comunidad indo-hispano-americana. A semejanza de los versos de Rubén Darío, en ella “caía la semilla de la raza de hierro que fue España, con la fuerza del indio de la montaña”.
Valga reiterarlo: en el escenario de la conquista hubo episodios desgraciados, menores y extremos, pero en el intento de penetrar en lo que fue la vida diaria en los primigenios días de Santiago del Estero, vamos al rescate de lo que obró en la historia para darle a ésta sentido y fin de grandeza, aún desde las pequeñas cosas.
Las costumbres y hábitos de esparcimiento se ponían de manifiesto en diversos aspectos: juegos, tertulias, música y danzas. Los indios lugareños ejecutaban su música en flautas de caña (pincullos), cornetas, silbatos con los que imitaban el canto de los pajaros, ocarinas y tambores de membrana, y en sus fiestas como el chiqui y la challa de los pueblos andinos, eran muy dados al baile y a la danza con sones guerreros, practicaban la alfarería y habían aprendido juegos y destrezas a caballo.
En su libro “Idiomas Aborígenes”, Carlos Abregú Virreira nos cuenta que los lules y tonocotés, llamados juríes por los diaguitas (de suris-avestruces, por su ligereza), alternaban sus ceremonias con la práctica del deporte, demostrando notables habilidades en juegos de pelota y en la chueca, de gran similitud al hockey, que ya conocían antes de la conquista. Y entre los más característicos estaba el concullu que consistía en llevar a uno en la espalda prendido del pescuezo, con las piernas sujetadas por los brazos del cargador. Es el famoso unculitu de Santiago.
Los españoles, a su vez, sin dejar de atender diariamente los asuntos militares y menesteres de caballería en el fuerte o en sus propias haciendas, al descargarse de obligaciones, o luego de un merecido descanso al regresar de prolongadas exploraciones y agotadoras misiones, se entretenían en tirar al blanco con arcabuces y ballestas, en jugar a los dados o a los naipes, en carreras equinas o lances de esgrima, gustando asimismo de la pesca que hacían con anzuelos, y no obstante la rudeza que su empresa les había marcado en el rostro y el comportamiento, en su espíritu no habían perdido el lado sensitivo de interpretar canciones acompañadas con vihuela y recitar romances castellanos. Sus esposas también lo hacían en las tardes o en las noches calladas y abrumadoramente solitarias de la comarca santiagueña.
La referencia de algunos cantos y poesías que los vecinos de la capital del Tucumán interpretaban en aquella lejana época, puede recabarse en las ediciones que tenían sobre esos géneros llegadas de España con fecha de 1554 y 1555, como ser el “Libro de Música para Vihuela”, compuesto por Miguel de Fuenllana, “Criollos y Criollas” (en español y quichua), cancioneros como “La Virgen y el ciego”, “La Catalinita” y “Romancero General”, que en su primera parte contenía el popular “Romance del Moro Azarque” (...“Azarque viue en Ocaña / desfterrado de Toledo, / por la bella Zelindaxa / y una Mora de Marruecos... / Mora de los ojos mios / Mal aya el amor cruel, / que flechando el arco cierto, trafpaffa de vn folo tiro / vafallos y Reales pechos, / Mora de los ojos mios...).
Desde luego que las canciones poéticas no eran privativas de los españoles. El dolor del alma por la ausencia del ser querido se expresaba también en el yaraví incaico y el huayno del altiplano, que eran las más tiernas de las canciones quichuas que resonaban en el hábitat del monte santiagueño a través de los instrumentos vernáculos de los juríes y de los aborígenes que habían llegado como auxiliares de las expediciones fundadoras de Prado y Aguirre (“Purunmanchu huaccac rini / astahuami llaquiy miran, / yuyachihuan kamta purim / huaylla, pampa, huayeeo, quírai”. Si salgo a llorar al campo / más se
aumentan mis pesares / porque me acuerdan de tí / bosques, montes, prados, valles).
De esta trama musical surgiría con el tiempo la vidala, con su tocante mensaje de amor que hace doler, desgarrando el alma como ningún otro canto. En tanto, el espectro andaluz de la conquista (que tenía sus versificadores populares en el siglo XVI en Juan de Castellanos, Pedro de Oña y Gaspar de Villagra, y hacía cantar a los españoles después de las peleas), se presentaría junto a la vidalita, cabalgando en ella, excluyente de penas y cargada de chanzas, contraponiéndose a los lamentos de la vidala. Ya en tiempos de la emancipación, las cholas de Tucumán recogieron lejas canciones heroicas, amatorias y ponderativas, que habrían de influir en el estilo de las vidalitas del general Lamadrid.
No es ligero suponer que en la particular idiosincrasia del santiagueño, cuando rompe la tristeza y la trastoca en alegría, encontrando siempre la veta de humor en los aspectos más controvertidos de la vida cotidiana, se sintetizan aquellas influencias ancestrales.
Paulatinamente la mezcla de lo indígena y lo español irían configurando y enriqueciendo el acervo folclórico de Santiago y el Tucumán, con el carnavalito y sus sones de flautas y quenas incaicas que parecen silbidos del viento en las montañas, el gato con el repiqueteo de las castañuelas de origen español y audacias quichuas, la zamba donde reluce el pañuelo con avispeos criollos y dibujos arabescos que influyeron en España, la chacarera (también en su origen con castañuelas) con sus rasgueos de guitarra y retumbos de bombo llamando a sacrílegos ritos de bosques seculares y coplas bilingües en quichua y castellano, el pala-pala interpretando la acción de ciertos animales, el escondido donde lo esquivo y la conquista se confunden entre el hombre y la mujer, diciendo ella al final: “Salí escondido salí, / salí que te quiero ver; / aunque las nubes te tapen, / salí si sabes querer”. Y así el malambo con su hechizo que arrastra dejos de danzas incaicas y destrezas criollas, y tantos otros bailes y canciones que nos llegan de nuestros ancestros que poblaron el antiguo Tucumán.
¡Qué contraste de improntas culturales entre lo aborigen y lo hispano se conjugaban en el origen de Santiago! ¡Qué riquezas de ancestrales y milenarias esencias de lo indígena y lo español daban naciente a un nuevo verbo, al ir transformándose con el tiempo en nuestras tradiciones!
Como esos rasgos del folclore, así también nos han llegado los fundamentos de las creencias y la fe.
No hay pruebas ni versiones contundentes que nos hagan conocer con exactitud los momentos y lugares en que los indios que habitaban en las cercanías del Santiago del siglo XVI realizaban los rituales de sus creencias y supersticiones. Pero no es impropio suponer que desde algún paraje no muy lejano del caserío central, a veces llegaban vagos e imprecisos los cantos y los sones de las
ceremonias en que los indios no convertidos al cristianismo, idolatraban a sus dioses paganos: el Sol (inti), la Luna (quilla), y celebraban sus mitos como el “huayra muyu” (viento arremolinado) y el “nina quiru” (pájaro de fuego). Otros acompañarían a los españoles en los oficios y procesiones de la liturgia católica.
Cuando la fe logró interesar al aborigen, mientras los jesuitas aceptaban ciertos ritos indígenas para cumplir con éxito su extraordnaria misión espiritual en América, se presentaba ante Dios la manifestación de un espíritu autóctono de la tierra santiagueña. Es decir, comenzaron a surgir formas y ceremonias populares de singular veneración que aún se mantienen vivas en nuestros días, como el festejo de San Esteban, que recuerda al dios atmosférico Chiqui de los valles calchaquíes (por dar sólo un ejemplo), en que desde Maco hasta Sumamao la multitud alterna oraciones con gritos de júbilo para auyentar los malos espíritus, y al llegar a destino estalla el ímpetu pagano con danzas criollas, guitarras, bombos y violines en medio de una gruesa explosión de cohetes. En otras devociones como en Mailín al Señor de los Milagros y en Sumampa a la Virgen de la Consolación, también se exteriorizan las prácticas incorporadas a nuestra cultura.
Desde aquel tiempo fundacional, Santiago del Estero iría nutriéndose de simientes folclóricas y religiosas, donde los elementos humanos y naturales más esenciales confluirían en un común acervo cultural. En sus fiestas campesinas -musicales y religiosas- como el Velorio del Angelito y las telesiadas, es donde mejor trasunta y se expresa la herencia que nos llega de las costumbres y virtudes de las razas que convivieron en el principio de Santiago del Estero y nos trasmitieron, a través de los siglos, la amalgama de lo que gestaron.

Primeros pobladores

Hacia 1555 los habitantes de Santiago buscaban la mejor manera de adaptarse al medio y conformar sus hogares.
Mucho tuvo que ver Aguirre en la composición de las primeras familias al traer desde Chile a hijas y viudas de hidalgos, oficiales y soldados muertos por los aracucanos, en su mayoría ex cautivas de éstos, las que rehicieron sus vidas en la capital del Tucumán, contrayendo matrimonio y dándole a Santiago del Estero sus primeros hijos criollos. La cantidad de matrimonios legítimos establecidos entonces, entra en el terreno de la suposición. Como también el número de españoles, sin distinción de rango, que convivían con indias (juríes, o coyas y araucanas venidas con ellos) y hacían legitimar a sus herederos mestizos. ¿A esa altura, cuántos niños habría en Santiago del Estero? ¿Vivirían allí algunos nacidos en la anterior ciudad del Barco? ¿De haber sido así, cómo interpretaría la historia el hecho de la existencia de ciudadanos de una primera ciudad desplazada como tal? Interesante interrogante para pensar.
En tanto, de España (vía Chile y Perú desde Panamá), irían llegando las esposas y los hijos de los conquistadores. La ciudad acogía a nuevos pobladores, muchos de los cuales dejarían grabados sus nombres y sus obras en la historia de Santiago.
Así comenzaba nuestra la ciudad. Así fueron los rasgos de su vida cotidiana hace cuatro siglos y medio. Ese fue el lado de las costumbres de quienes protagonizaron la magna empresa fundacional, con sus luchas, glorias y dramas. Indudablemente, es mucho más lo que importa esa historia inaugural de Santiago, donde confluían la América naciente que se extendía a paso firme hacia el sur del continente, y el germen de la Patria con las ciudades que surgían de su seno. Entre sus grandes aportes, valga tener presente que el puerto de Buenos Aires fue consecuencia del comercio que se inició desde la capital del Tucumán, y que sería el primer obispo de esta primera diócesis, fray Francisco de Victoria, el artífice de la primera exportación con productos santiagueños que se hiciera vía fluvial al Brasil, un 2 de septiembre de 1587(de ahí el Día de la Industria Nacional).
Santiago del Estero marcó importantes hechos desde los albores de su nacimiento. Hombres y mujeres de singulares cualidades fueron haciendo la trama de esta ciudad donde todo comenzó en nuestro país. Conquistadores que “abrían puertas a la tierra” y mujeres pobladoras que como tales fueron madres de la “madre de ciudades”.
Por el servicio y la entrega que en la alta empresa fundadora ameritaron aquellos protagonistas, el 19 de febrero de 1577, el rey Felipe II hacía merced al disponer el título y escudo de armas para la “Muy Noble” ciudad de Santiago del Estero.
Desde los días de la primera “entrada” del malogrado capitán don Diego de Rojas, en cuya expedición se destacaran abnegadas y valientes mujeres como Catalina de Enciso, Mari López y Leonor de Guzmán, las que llegaron a empuñar espadas y rodeles para defenderse del bravío agresor, como tantas otras que ennoblecieron el lado humano de este suelo, la presencia y el protagonismo femenino en Santiago del Estero, que tan estupendamente lo describe Fina Moreno Saravia en su interesante y atrapante “Historia de Mujeres”, es otra faceta que distingue las virtudes que desde el fondo de la historia fueron capaces de exhibir quienes jalonaron con dignidad y proeza las distintas particularidades con las que están hechos el cuerpo y el alma de Santiago del Estero.
Santiago es todo esto: Tierra que canta y danza. Primera vía de comunicación entre el resto de América y Argentina. Madre de cuya matriz nacieron las primeras ciudades de la Patria. Génesis de evangelización y fundadora de Iglesias. Primera educadora y exportadora de manufacturas. País de la leyenda y cuna del folclore. Provincia que lo dio todo y le sigue abriendo sus brazos a la Patria.

Cultura a través de los tiempos

Numerosos son los exponentes de la cultura santiagueña que trascendieron las fronteras provinciales. Esa luz que brilló siempre en nombres como Mateo Rojas Oquendo (siglo XVI), viajó en el tiempo pasando por Ricardo Rojas (hijo del ex gobernador Absalón Rojas), Alejandro Gancedo, Pablo Lascano, Andrés Figueroa, para entrar de lleno en el siglo XX con los impulsores de "La Brasa": Bernardo Canal Feijóo, Orestes Di Lullo, Enrique Almonacid, Carlos Abregú Virreira, Clementina Rosa Quenel, Blanca Irurzum, Irma Reinolds, Manuel Gómez Carrillo, Emilio y Duncan Wagner, Moisés Carol (h) y Gregorio Guzmán Saavedra.
Más adelante poetas, escritores e investigadores como Homero Manzi, Jorge Washington Ábalos, médicos eminentes como Ramón Carrillo, Antenor Álvarez, escultores, músicos y plásticos como Roberto y Rafael Delgado, Ramón Gómez Cornet, Andrés Chazarreta, Julio Argentino Gerez.
Historiadores e investigadores como José Néstor Achával, Luis Alén Lascano, Amalia Gramajo de Martínez Moreno y Hugo Martínez Moreno. Escritores como Domingo Bravo, Betty Alba, Raúl Dargoltz, Julio Carreras (h), Carlos Manuel Fernández Loza, Alberto Tasso, Carlos Virgilio Zurita, Raúl Lima...
 

Fuentes y citas: Nueva crónica de la conquista del Tucumán y Conquista y Organización del Tucumán (Roberto Levillier, 1928). El conquistador Francisco de Aguirre (Luis Silva Lazaeta, Chile 1904). La Fundación de Santiago del Estero (Juan Christensen, 1918). Francisco de Aguirre (Amalio Castro Olmos, 1939). Historia de Santiago del Estero, Siglos XVI-XIX (José Néstor Achával, 1988). Santiago del Estero, Noble y Leal Ciudad (Orestes Di Lullo, 1947). A las orillas del río Dulce (Fray Eudoxio de Jesús Palacio, 1953). Historia de la conquista del Paraguay, del Río de la Plata y del Tucumán (Pbro. Pedro Lozano, 1873). Referencias de Jaimes Freyre. Historia de Santiago del Estero (Luis Alén Lascano, 1992). Los Capitanes de Rojas (Clemente Cimorra, 1945). Nuevos Descubrimientos en el Norte Argentino (Pablo Fortuny).Alfredo Gargaro (Revistas de la Junta de estudios Históricos de Santiago del Estero, números 21 y 23). Hechos, hombres y cosas de las Indias Meridionales, en el siglo XVI (Ed. Losada, 1963). Lecciones de Historia Argentina (José Manuel Estrada, 1898). El País de la Selva (Ricardo Rojas, 1905). El Sentido Misional de la Conquista (Vicente Sierra. Edición 1980). Europa y América (Luis Arocena y Julio César González, 1945).
 

   
       
       
       
       

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